Del viaje a Roma no puedo hacer otra cosa que no sea dar gracias a Dios. Ha sido un gran regalo el poder haber estado allí acompañado de mis hermanos de curso, del seminario y de nuestro Obispo don José.
He de admitir que no fue hasta que despegó el avión de vuelta a Madrid cuando fui plenamente consciente en que no había sido un sueño, sino que había estado realmente en la ciudad eterna. Además, el poder haber estado con el Papa en una audiencia privada y poder estrechar la mano con él fue algo inolvidable.
Tras llegar a Roma, al hostal donde nos hospedábamos, lo primero que hicimos tras cenar fue ir paseando al Vaticano, ya que estábamos a unos veinte minutos andando. Era la primera vez que estaba en Roma, por lo que fue muy emocionante estar frente a la Basílica de San Pedro del Vaticano esa noche. El sábado fue el día propicio para poder estar toda una mañana recorriendo la basílica y rezar ante las sepulturas de tantos Papas que guiaron a la Iglesia con el mismo amor de Cristo.

De la audiencia privada me quedo el haber podido estar tan cerca del Papa Francisco y el poder estrechar su mano, ya que pudimos saludarle uno a uno al finalizar. Lo que me dejó marcado, que tocó mi corazón, fue su fortaleza en la debilidad, su inmensa alegría y su humildad y sencillez, mostrándome lo que es tener la vida arraigada en Cristo. Son muchas las preguntas que le hicimos buscando su consejo y que nos diera luz, también tuvimos momentos de humor como alguna que otra broma que nos soltó y la pregunta sobre si prefería al Real Madrid o al Atleti que le hicimos. Que el Papa nos contara acontecimientos de su vida fue algo muy bonito, algo que nos ayudó a ver la sencillez del Papa, su humildad, su saberse pequeño ante Dios.
También pudimos acompañar a nuestro Obispo don José en la toma de posesión de la Basílica de Nuestra Señora de Monserrat de los españoles, que fue el domingo por la mañana. Fue una ceremonia muy bonita, donde nuestro Obispo estuvo acompañado de varios Cardenales españoles como Luis Francisco Ladaria y Juan José Omella. Ahora sé dónde acudir para encontrarme con otros españoles cuando vuelva a Roma.
Pudimos aprovechar los ratos libres, las tardes del sábado y domingo, para pasear por Roma y visitar algunos de los lugares más emblemáticos no solo en cuanto cultura, sino también para la fe. Estuvimos por el Foro Romano, el Coliseo, la Basílica de los Santos Cosme y Damián, la Basílica de San Pedro in Vincoli, el Monumento a Víctor Manuel, el Panteón, el Gesú, Basílica de San Clemente de Letrán, la Basílica de Santa Práxedes, Fontana di Trevi, Piazza Navona, Piazza del Popolo, la Iglesia de San Luis de los franceses, Chiesa Nuova, la Iglesia de Santa Inés en Agonía, etc. También pudimos disfrutar del helado, de la pasta y de la pizza. La mañana del lunes la dedicamos a visitar las tres grandes basílicas de Roma: San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros.
El viaje estuvo marcado por el sentido de peregrinación. Ya antes, en el seminario, pedíamos en cada Eucaristía que el Señor nos preparara para vivir el viaje más como una peregrinación que como un viaje turístico. Y este sentido estuvo presente a la hora de organizar en mi curso el plan de los ratos libres. Fue un viaje de unión con la Iglesia, de sentirnos uno y de pedir ante las sepulturas de san Pedro y san Pablo por nuestra vocación, por las intenciones del Papa, por la Iglesia, por las parroquias en las que estamos destinados y por el mundo en el que vivimos.

